Opinión: El lugar del pasado en el presente postindustrial de Valparaíso (Notas sobre la gestión patrimonial)
por Pablo Aravena Núñez∗
En el mes de julio del año 2003 el denominado “casco histórico” de Valparaíso fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, lo que ha traído asociada una compulsión por la puesta en valor del pasado y el rescate de la “identidad”.
Los discursos sobre la identidad porteña, articulados en una clave esencialista que no los distingue de la operatoria de cualquier nacionalismo, han calzado dócilmente –por su efecto cosificador– con el modelo de gestión impulsado: el turismo y el negocio de las mercancías culturales. En el proceso de producción de bienes culturales se cierran las significaciones múltiples de los espacios históricos, se separa a los objetos de su sentido social y se descontextualizan los modos de vida que, por ahora, subsisten en el seno de “lo patrimonial”. El presente patrimonial de Valparaíso impone el consumo del pasado antes que su conocimiento.
De entre todos los bienes que circulan uno redobla la plusvalía de todos los otros: la réplica de la bohemia porteña, el fetiche popular asociado al mundo del trabajo portuario. Se da así una particular paradoja: el objeto más deseado es el más ficticio –el “más imposible”– de todos. La bohemia porteña requería como “infraestructura” del sistema de trabajo portuario: de la abundancia económica asociada a éste, de una cultura que entendía el tiempo libre como el copamiento de los espacios públicos, del discurso sindical y de una permanencia de los sujetos en ciertos espacios, lo que constituía el “lugar” como categoría antropológica (M. Augé)
La actual oleada modernizadora del puerto (iniciada a inicios de los 80’ con la persecusión de los sindicatos por la dictadura de Pinochet, pero que hoy ha significado la tecnologización de las labores de embarque, la monopolización de estas bajo los llamados “mono-operadores” y la consecuente prescindencia y devaluación del trabajo humano) ha acabado con las condiciones materiales de la cultura portuaria, pero a la vez impulsándola como el más valioso (y consumido) bien cultural. Pese a las apariencias la gestión patrimonial de Valparaíso, con sus ficciones, espectáculos y marginación progresiva de sus habitantes históricos, efectúa una eficiente censura de su pasado.
Hoy el pasado de Valparaíso es producido, ofertado y demandado. Es posible constatar que el pasado se ha vuelto materia de consumo privilegiada en todos aquellos lugares en los que se han extinguido los motores industriales que antaño animaban la economía y sostenían la sociedad.1 La denominada “gestión patrimonial” constituye la última estrategia modernizadora, pues convierte en mercancía todo aquello que aún se resistía. Bauman lo ha señalado claramente: la etapa industrial dio paso a una “sociedad de producción”. “Esa forma más antigua de sociedad moderna utilizaba a sus miembros principalmente como productores y soldados [...] Pero en su actual etapa moderna tardía (Giddens), moderna segunda (Beck), sobremoderna (Balandier) o posmoderna, ya no necesita ejércitos industriales y militares de masas; en cambio, debe comprometer a sus miembros como consumidores”.2
¿Pero consumidores de qué? Lo que pone en escena la sociedad postindustrial no es la necesidad sino el deseo, por tanto sus estrategias de consumo no apuntan a lo “material-objetivo” –por llamarlo de alguna manera–, sino que a la subjetividad. Sus productos son preferentemente intangibles, en una palabra: sensaciones o “pseudoexperiencias”.
En sociedades homogeneizadas culturalmente casi en su totalidad, como la norteamericana (desde luego excluido México) y la europea occidental, las fuentes de esas sensaciones no están al alcance de la mano, están geográficamente muy lejos y por lo tanto exigen un “mediador” o, más bien, un “proveedor” de la diferencia. Florece así esa peculiar modalidad de (pos)industria que es el turismo.3
El turista viene en busca de lo Otro. Pero cuando el presente de un país lejano no es lo suficientemente exótico se debe buscar en el saco de la historia un pasado acorde con las expectativas vendidas en la agencia. Tal como lo ha expresado Slavoj Žižek: “el espectáculo de un ciclo de pasiones míticas, incomprensibles, atemporales, que contrastan con la vida decadente y anémica de Occidente”.
La diversidad cultural es deseable por quienes compartimos valores democráticos, pero hay que señalar que también es un excelente negocio, tal como lo manifiesta James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial:
“… la conciencia de la propia existencia y el orgullo que nacen de la identidad cultural son parte esencial del proceso que deben seguir las comunidades para reforzar su poder. Por estos motivos los responsables del Banco Mundial pensamos que el respeto hacia la cultura y la identidad de los pueblos es un elemento básico de cualquier enfoque viable para un desarrollo centrado en las personas.
Hemos de respetar las raíces de las personas en su propio contexto social. Debemos proteger la herencia del pasado; pero también debemos amparar y fomentar la cultura viva en todas sus manifestaciones. Esto es, además, muy positivo para el mundo de los negocios, como han demostrado muchos análisis económicos recientes. Desde el turismo hasta las restauraciones, las inversiones en el patrimonio cultural y las industrias relacionadas con él promueven actividades económicas generadoras de trabajo que producen riqueza e ingresos”. 4
Según se desprende de la cita, se trataría de la generación de riqueza a partir de la puesta en marcha de las llamadas “industrias culturales”, pero también de otros fines no tan inmediatos, como lo es la pacificación social de zonas conflictivas (como el puerto de Valparaíso) mediante inyecciones de fondos bancarios para dar salida a las demandas políticas bajo la forma de “proyectos culturales” y así crear condiciones seguras para la inversión, o como la formación de un “capital social” que estrene modelos de autogestión en vistas de una reducción del gasto social por parte de los estados: “la cultura en cuanto recurso es el principal componente de lo que podría definirse como una episteme posmoderna”.5
La proyección de Valparaíso, o parte de él, como Patrimonio de la Humanidad, marca –por parte de las autoridades de turno– una definición de la estrategia de desarrollo de las zonas que han visto extinguirse sus tradicionales actividades económicas, que son justamente aquellas que se señalan como más “históricas” (lo que en el imaginario político quiere decir muertas económica y socialmente). Ser patrimonio es el destino post-industrial de Valparaíso, la forma en la que reingresa a una economía globalizada.
* Licenciado en Historia y Magíster en Filosofía por la Universidad de Valparaíso. Profesor Investigador del Centro de Estudios Humanísticos Integrados (CEHI) de la Universidad de Viña del Mar. Académico del Instituto de Historia y Cs. Sociales de la Universidad de Valparaíso y del Depto. de Estudios Humanísticos de la Universidad Técnica Federico Santa María (Chile)
1 Al respecto ver Dolors Vidal, “El consumo del pasado o el pasado como consumo”, en periódico La Vanguardia, Barcelona, 04/05/2003.
2 Bauman, Zigmunt, La globalización. Consecuencias humanas, FCE, Buenos Aires, 2005, p. 106.
3 Patricia Goldstone ha hecho un buen acercamiento a los orígenes del turismo en el mundo occidental en la primera parte de Turismo. Más allá del ocio y del negocio, Debate, Barcelona, 2003.
4 James Wolfensohn, “Culture and Development at the Millenium” (1998), citado por Patricia Goldstone Op. Cit., p. 299.
5 Yúdice, George, El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global, Barcelona, Gedisa, 2002, p. 45.

